miércoles, 10 de marzo de 2010

Todo el mundo, alguna vez en su vida, aunque sólo fuese una, ha sentido la presencia de alguien en la habitación en la que estaba y, al volverse, no había nadie; alguna vez, ha visto una sombra que no se correspondía con todo lo que le rodeaba; ha percibido algo en el otro que nada tenía que ver con una primera impresión o ha tenido la intuición de que algo iba a suceder, aunque la lógica no llevase a ello, y ha sucedido… por lo menos, una vez en la vida.

Todas estas percepciones del alma hablan del sexto sentido, el problema es que se ha reducido este sexto sentido a su mínima expresión: una intuición fuerte sobre que algo malo, muy malo va a suceder… Seguramente, os habréis preguntado alguna vez por qué todas las predicciones suelen ser sobre catástrofes y caos enormes. Sí, yo también me lo pregunto.

El problema es que este sobre-reducionismo crea olvidarse de uno más de nuestros sentidos, el único que no se asienta sobre una percepción física y que nos ayuda a crecer y aprender de la realidad tanto como cualquiera de los otros. No sólo hablamos de intuiciones y menos de intuiciones a nivel planetario con grandes catástrofes, también se habla de ese ambiente que parece ocultar una fiesta sorpresa dada por gente que te quiere mucho; o habla de esa percepción de una presencia amiga, que ya no está, pero que, desde el otro lado, te quiere saludar y se manifiesta en forma de pequeñas luces o de un aire agradable sobre el rostro o, simplemente, a través de su presencia, que no sabes cómo la percibes porque no hay nada tangible que te lo diga, pero está ahí.

Es una forma más de percibir el mundo, una manera particular y única que, de dejarnos llevar por ella, nos podría enriquecer mucho. De hecho, la gente tiende a negarla, intentando sustentarse en hechos probados, palpables y lógicos. Así, la sensación de que hay alguien más a nuestro lado lo explicamos con el movimiento de una cortina o las sombras que hace la luz de la lámpara sobre la pared; que suceda algo que habíamos intuido, lo explicamos como pura coincidencia, etc…

Y resulta triste esta negación. Resulta tan triste como intentar hacer todo lo contrario y considerar que estos detalles, estas pequeñas percepciones son dones o milagros o características de personas tocadas por la luz divina. Ambos extremos son igualmente perjudiciales.

Lo cierto es que, si de verdad deseamos crecer interiormente, aprender, desarrollarnos y experimentar, deberíamos desarrollar todos nuestros sentidos: probar a taparnos los ojos, intentar escuchar, oler, acariciar, oí y sentir más… Como hacen lo someliers con un buen vino. Si el mundo sólo fuese la vista (que es de lo que más “tiramos&rdquoGuiño, no tendría sentido haber nacido con ninguno de las otras formas de percibir. Sin embargo, es curiosísimo, por ejemplo, todo lo que puede evocar un olor… Me voy a salir de tema un poquito, pero es muy interesante la obsesión del protagonista de “El perfume”, por captar la esencia del otro, de aquello que ama o de las cosas que le rodean; es impresionante el momento en que se da cuenta de que él mismo no posee ningún olor y, si me permitís, os recomendaría la lectura de dicho libro (aunque la película es de las mejores adaptaciones que hay).

También es muy curioso saber que, en realidad, no tocamos nada de lo que nos rodea. Si pudiésemos ver la acción de acariciar una mesa, por ejemplo, con un microscopio muy avanzado que ampliase la mínima expresión de la materia, descubriríamos que, al acariciar algo, la palma de nuestra mano, nunca llega a tocarlo realmente. Y este descubrimiento es científico. Muchos, al escucharlo, alegan con ironía que si te cortan el cuello, ya verás como te mueres, si no te tocasen, eso no pasaría… Ese es el problema que igual la idea no está muy bien explicada. En la acción de un utensilio cortando el cuello, las fibras del mismo empiezan a abrirse millonésimas de milímetros antes de que el filo lo toque realmente. Lo mismo sucede cuando algo rueda por una superficie totalmente lisa o áspera…

¿Con qué nos tocamos, entonces?¿Con qué acariciamos, por qué nos rompemos al contacto con un cuerpo extraño?¿Qué sucede ahí?¿Cómo enlazar esta idea con el hecho de que, a medida que pasan los años, perdemos la capacidad de sentir a través del tacto, incluso percepciones tan bruscas como la temperatura (por eso, muchos ancianos se suelen quemar en la cocina)?¿Cómo enlazar esta idea, en definitiva, o este descubrimiento científico con la existencia de receptores subcutáneos relacionados con la percepción del tacto?

Quizás, aquí, también podríamos meter la percepción del dolor, la imposibilidad de medir este y comprobar que personas diferentes en una misma situación perciben el dolor de manera distinta. Y muchos alegan que uno es más quejica que otro… pero, si lo comentas con la persona en cuestión, podrá asegurarte que el dolor ha sido insoportable, donde otro ni lo ha sentido…

¿Por qué nuestra cabeza, como expresión que solemos usar para esto, tiene el poder de suavizar el dolor, de hacernos recuperar de una enfermedad, de hacernos ver lo que, aparentemente, no existe…? Hay quien dice que, por ejemplo, es que las personas positivas generan más endorfinas. Bien, eso es hablar del resultado, de la respuesta… pero por qué o cómo lo hace es una de las dudas que quedan en este cajón desastre de las percepciones del alma, del sexto sentido…

Tags: simbología, percepción

Publicado por OrangeNana @ 16:05
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